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sábado, 18 de abril de 2015

Microcuento - Los resucitados



Resucitaban cada noche. Aunque  al amanecer los sorprendiera un estado parecido a la  muerte, ellos podían volver.
Los encontraban abrazados a la estatua de Gardel.
Ya entrada la mañana, con el ruido de la ciudad, parecían despabilarse.
Prolijos, acicalados tomaban el subte para llegar a horario, a sus trabajos. Ellos, de traje azul. Ellas, de chaleco gris y tacones. Un andar robótico los llevaba a su destino.
Tras la frialdad de los ventanales de oficina, permanecían inmóviles, petrificados. La luz del sol atardeciendo sembraba un brillo en sus ojos.
Se acercaba la hora. Cayendo la noche, los compases de un tango lejano los iba despertando.
Se iban cortando. Se iban quebrando.
La melodía, cadenciosa, les acariciaba la piel hasta embriagarse.
Vívidos y apasionados, entre encajes y chambergos, revivían con la ilusión de la noche.
Huían como sombras por el callejón.
El Caminito que los conducía directo hacia los patios de la milonga.



Microcuento - ¿Querés ser mi novia?

El universo paralizó su máquina del tiempo cuando en la playa, posé mis labios en los tuyos. Temblé como un niño, aunque ya tenía 13. Seguramente,  un rubor tibio habría subido por mis pómulos. El nácar de tus mejillas, en cambio, olía a rosas, y casi nada podía acercarse más a la felicidad que ese instante. ¿Querés ser mi novia? alcancé a susurrar tímidamente y te tomé de la mano. Me miraste y esbozaste una sonrisa tenue, y en la profundidad verde de tus ojos se iba anclando mi alma. Como una bendición comenzaron a caer las gotas. Con mi saco te cubrí de la llovizna, y abrazados nos alejamos por las dunas doradas.
Suelo escribir tu nombre en la arena, cuando por las tardes contemplando el crepúsculo y las olas romper, dejo volar mi imaginación recreando ese momento perfecto cuando te pregunte:  ¿Querés ser mi novia?

Microcuento - Ironías

Cuando le mostrara su dibujo sobre la Inmaculada Concepción, pensó que se enamoraría de él a primera vista. Dos horas en el tren y ni habían cruzado palabra. El retocaba la ilustración con su grafito, mientras ella parecía perdida en el paisaje. La imaginó tímida bajo esos anteojos negros y se aseguró que el dibujo se viera bien de costado. Su arte era su arma de seducción, lo sabía.  Poco antes que sonara el silbato del tren ella abrió la cartera para sacar algo. Desplegó con parsimonia su bastón blanco y lentamente se incorporó. Mirando a la nada le dijo – ¿Podría guiarme para bajar en la estación?