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domingo, 16 de octubre de 2016

El Gen (del Blog Cuentos en Sincronía)


El gen

De tal palo, tal astilla.
Refrán
La puerta se entreabre, dando paso a un chirrido crepitante. Las paredes del Estudio se estremecen y tiemblan hasta los cimientos. Ernesto Belaustegui, fotógrafo y dueño de la casa está sentado en su escritorio y se despabila ante la figura crepuscular de Doña Ignacia de los Remedios Cárdenas Anzorregui de Belinzona. El silencio espesa una vez más la tarde. Detrás, una sonrisa de Giocconda, la mueca triunfal de Margarita, su hijastra, albergando el dulzor de la victoria.
– Buenas tardes, Ernesto Belaustegui a sus órdenes. ¿Qué se le ofrece? dice el hombre de corrido para cortar la atmósfera.
– ¡No tan buenas, Don Ernesto, no tan buenas! bastoneando con la sombrilla sobre el gris del mosaico.
El tono de la mujer lo sacude.Comienza a sudar. Saca el pañuelo y se lo pasa por la frente. De la mirada de Doña Ignacia algo no le gusta, un destello hiriente que asfixia.
– Mi esposo, el Coronel Belinzona, hace un tiempo me había pedido que le encargara  a usted un trabajo de… – y señala a la jovencita con la cabeza.
– Ah… ¿sí?
– La señora Iribarne, su mejor clienta, me ha mostrado las fotos que usted obtuvo de la familia.
– Si, si, si. Así es.
-¿Usted sábe quién es el Coronel? Bueno, si no lo sabe, se lo recomiendo: Averíguelo. El punto aquí, mi querido, es que él, antes de emprender su  viaje, me pidió le haga sacar a «su niña» unos retratos.
-¿Se acuerda de la niña?- acercándosele a la cara. – Claro, de mí no creo, se acuerde, porque la que acompañó a la señorita fue Miss Patrick, nuestra benemérita institutriz. De cuna irlandesa, además de inglés y español, francés e italiano, maneja el latín como nadie. Piano y artes plásticas. En esos menesteres también adiestra a la joven, como corresponde a una niña de su clase.

– Qué bien. Ahora… estimada señora, ¿no se habrá tomado la molestia de venir hasta aquí  para hablarme de su institutriz? Es que justo hoy tengo bastante trabajo. Otro día, y si quiere, nos sentamos a conversar un rato más. La invito con un copita de jeréz y…
¿Le parece bien? Pero ahora, por favor, vayamos a qué la trae por aquí.
– ¿Me está echando?¡Osa echarme! ¡Además de un… un… ¡libertino! es usted muy… muy… rústico. ¡Claro, como todos los de su calaña! ¡Ay! ¡Padrecito Santo! ¡Sálvame de las garras de este pecador! haciéndose la señal de la cruz.
– No, no, no, para nada, señora, no la echo ni está en mi afán ser descortés. La verdad, no sé a qué se refiere…
– ¡No sé nada! ¡No sé nada! ¡Siempre dicen lo mismo! ¡Ustedes son todos iguales!
– ¿Ustedes? ¿De qué habla señora?
– ¡Los que son como usted, son la maleza que enturbia esta sociedad! ¿Y sábe qué se hace con la maleza? ¡Zac! ¡Hay que arrancarla de cuajo!
Ernesto traga saliva antes de contestar. El sudor cada vez más denso y caliente se le desliza por la espalda. La ha visto de reojo, es la misma. La chiquilla es la misma, aunque aquél día su tez era más rosada. Aquel día, uno de esos días, vino sola. Sola, sin la otra señora, la que la acompañaba cada vez, y que lo miraba de la misma forma que doña Ignacia. Ella, la chica, mencionó que quería algo especial, que sabía lo que hacía. Que ya soy grande y usted no es mi papá. No se las voy a mostrar a nadie, dijo, no se preocupe. Dele, don Ernesto… y le acariciaba la camisa. Bueno, bueno, pero sin fumar, que no queda bonito para una señorita. Que no me trate como una chiquilla, usted no es mi papá, insistía.¿De dónde sacaste esos cigarrillos nena? Los trae papá de Londres ¿quiere uno? Claro que no. Menos mal que no soy tu papá, pensaba. ¿Tiene algo para tomar? Algo fuerte, dijo. ¿Jeréz? Sí, está bien, aunque prefiero el brandy, agregó mientras se sacaba el vestido. Entre los encajes sedosos, que apenas cubrían la humanidad de Margarita, unas piernas jugosas se enlazaban y desenlazaban como serpientes. Medusa que a través de la lente de la cámara fotográfica petrificó a Don Ernesto. Al rato, ella se acercó y le habló al oido. Mencionó algo de  la virginidad…
– ¡Señorita, señorita! ¡Usted no tiene recato! dijo él mientras se dejaba acariciar.
-¿Le parece?


– Oiga. ¿Puede decirme qué es esto? y le arroja el paquete de fotos sobre el escritorio.
– Tome asiento. Señora… Podemos conversar, yooo… yo le explico…
– ¡Qué puede explicar!¿Usted cree que hay algo que explicar? No quiero oir parlamentos inútiles. En todo caso le explicaré yo. Cómo le dije antes, su padre me encargó, «especialmente» el cuidado de la niña. ¿Sabe lo que puede pasar si algo llegara a oídos de él? ¿Sábe? espetándole muy cerca de la cara. Usted … se convertiría, lisa y llanamente, en alimento ¡para perros de campo! Terrible ¿no es cierto? Sí, no me mire así. No crea que lo estoy amenazando, porque lo peor es queee… Y acercándosle al oido susurra: – ¡En estooo, estamos usted y yo juntos!
La mujer se da vuelta y dirigiéndose a la joven ordena – Querida, ¿podrías ir a esperarme al auto un momento? Esplícale a Pedro que ya vamos…
– Pedro es nuestro chofer, que es un poco cascarrabias y ya se debe estar impacientando. A  lo nuestro. Sabe lo que pasa. Entre nos, lo de la chica… es genético – menciona Doña Ignacia con un tono sórdido.
– ¿A qué se refiere?
– Ahora sí, le acepto un jerecito… Tengo la garganta un poco seca.
– Le decía, yo la he criado y ella es para mí como una hija. Casi. El coronel es un hombre muy ocupado. Viaja mucho… por su trabajo. Pero ésta… estaa… criatura, es la luz de sus ojos, dice. La colma de regalos, se desvive, la malcría, ¡Derrocha! En una palabra, es su debilidad. Pobrecita mi niña, suele lamentarse, ha sufrido tantito… ¡Tantito me ha hecho sufrir a mí la malcriada! ¡Así como la vé, con esa carita de porcelana, es la pestee! Traté, siempre, traté de entenderla, porque perder a la madre de tan niña…
– ¿A qué edad quedó huerfanita?
-¡Qué va! Huérfana, lo que se dice huérfana no es. ¡No ha hecho otra cosa que convertir mi vida en un calvario! No conoce el respeto ni la autoridad. Me desafía, y lo peor de todo ¿sabe qué es? El le dá la razón. Por eso, le pido, si quiere que usted y yo continuemos ¡vivos! Por favor, destruya de inmediato esas fotos y no deje ningún rastro. ¡Ni un sólo vestigio!
– ¿Para tanto le parece? pálido y con la voz hecha un hilito.
– No exagero un ápice. – levantando el índice, como una sentencia.
-¿Y la madre?
– La madre… la madre. ¡Esa es la cuestión! Cuestión o herencia ¿me comprende? No, veo que no comprende nada. El asunto es que él se dejó llevar y cayó en la trampa. Pecados de juventud, le dicen. Soltero, con gran fortuna.¡Pero fíjese el destino! ¡Morir en un … un… burdel!
– ¿Morir? ¿Quién?
– Ay, Don Ernesto, en un sentido figurativo. Lo creía más despierto… ¡Con esa cara de bobote que tiene!  No se ofenda, por favor. Si me cae hasta… simpático, diría.
– Le decía, cuando lo conocí, el coronel, que todavía no vestía de coronel, era apenas una sombra de lo que había sido. Sólo, abatido y con una criatura de cinco años. ¡Imagínese! Conmigo su vida retomó un rumbo, el orden que nunca había tenido. Mire, mi madre siempre decía: El hombre siempre necesita una mujer que le maneje la hacienda…
– Claro… asiente Don Ernesto con un tono apesadumbrado.
– ¿Usted?… digo…
– Enviudé hace más de diez años…
– ¡Cuánto lo siento! 
– No se preocupe, ha pasado taanto…
– Una reflexión en voz alta, no tiene importancia. ¡Diga que él tuvo la suerte de conocerme a mí! Y poder salir de ese abismo en el que  estaba inmerso. ¡Quien le dice, a lo mejor usted también le llega una mujer como yo! ¡Nunca hay que perder las esperanzas Don Ernesto! ¡Nunca!
– Si usted lo dice… – esboza bajito el hombre, cruzando los dedos a sus espaldas.
– ¡Que no le toque una como ésta! ¡Cada día se parece más a la madre! Ésa que un día desapareció…
– ¿Cómo que desapareció?
– Y sí, fíjese que nadie supo bien cuál fue el destino de la muchacha, la primera mujer del Coronel. Se esfumó, literalmente. Pobrecito, él nunca una palabra al respecto, pero las cosas se saben.
-¿Y… qué le pasó?
– Se dice que volvió a sus «orígenes». Aunque, hay otra versión, menos piadosa. Resultó ser que en los últimos tiempos, un «supuesto primo lejano», de ella, comenzó a frecuentar la casa. ¡En ausencia del esposo! El resto de la historia, imagínesela.  ¡Sí, era una «casquivana» esa mujer! No hay nada que hacer, eso se lleva en la sangre, fluye en las células, es como el instinto de una bestia salvaje. Por más que uno quiera domesticar al lobo y se esfuerce por convertirlo en un perrito faldero, vanos serán los intentos. ¡Qué va! – doña Ignacia revoleando la sombrilla con vehemencia.
– Señora, si me permite… pronuncia el fotógrafo mirando el reloj con inquietud.
– Aguarde, todavía no terminé. ¡No sea maleducado! En cuanto a la chica es ¡la piel del mismo Judas! Yo le recomendaría, por su propio bien… – con un tono lúgubre y acartonado: -Haga de cuenta que nunca la ha visto. ¡Borre todo registro! ¡Olvídese! Sino, le aseguro, la maldición puede caerle encima… Es que… en ella… habita «el gen».
– ¿El gen? ¿Qué gen? repite Don Ernesto.
– El gen de la inmoralidad, mi querido. Un estigma que se propaga por generaciones, y ensucia. Le aseguro que corroe todo a su alrededor. ¿Usted tiene idea? ¿Sábe lo que he luchado para erradicarlo? Noches y noches, sin dormir, velando por ella. Médicos, enfermeras, institutrices, educación privilegiada, pero nada, ese destello mórbido en la mirada, nunca cedió. ¡Qué va! ¡Empeoró con el correr de los años! – doña Ignacia de reojo con los ojos rabiosos.
– Una mañana, al entrar a su cuarto lo comprendí todo. La ví, sentada en el marco de la ventana, semivestida, en la plenitud de sus quince años, observándome por arriba del hombro. Un halo saturado, fatídico, invadía el cuarto. Desde la mesa de luz, como un calco,  vigilaba el retrato de su madre. Con la misma pose y esa sonrisa burlona e inasequible. He consultado a multitud de profesionales, pero, créame, nadie ha podido ayudarme. Es una marca invisible y absoluta que asola a un porcentaje considerable de la humanidad, y que en un futuro, si nuestros científicos no lo controlan, podría llegar a diezmar a gran parte de la población. ¡Las generaciones futuras se encuentran bajo la sombra de una amenaza!
– Por eso, y para ir redondeando la idea…- La mujerota abre la cartera y saca un fajo de billetes, de espesor considerable. Se lo pone delante. Don Ernesto, más mudo aún y con los ojos desorbitados hace un racconto de sus cincuenta años y llega a inmediata conclusión. No recuerda haber visto antes, tanto dinero junto.
– Tómelo como una contribución a su labor. Mañana, cuando abra los ojos todo esto habrá sido nada más que un sueño… ¡Todo! ¡Absolutamente todo!


jueves, 11 de febrero de 2016

Memorias del Buen Discípulo



 Hubo una vez un hombre de semblante pálido y mirada triste que entró a un Templo.
Con sus ojos cerrados y en silencio, sentado en posición de loto frente al altar, se encontraba el Maestro.
El hombre se quedó un rato observándolo y al ver que el Maestro no notaba su presencia quiso llamar su atención.
- Disculpe…
El Maestro siguió meditando como si nada hubiera sucedido.
El hombre insistió:
- Perdón, ¿podría interrumpirlo?
El Maestro con extrema lentitud comenzó a erguirse y poco a poco abrió sus ojos. Luego de unos instantes, que al hombre le parecieron interminables, le respondió en calma:
- Pides permiso para interrumpir…  Ya has interrumpido…
 - Bueno, disculpe usted, es que necesito hablar con alguien antes de hundirme totalmente en la desesperación. Necesito que me ayude, estoy muy apesadumbrado, triste, dijo el hombre con voz lánguida.
El Maestro, continuó con su expresión contemplativa y se dispuso a escucharlo.
- Cuéntame, le dijo.
El hombre comenzó a relatar el derrotero de sus días, lo que él llamaba la historia de su mísera vida. De su pelea con sus hermanos por la casa que habían dejado sus padres al morir. De su mujer que lo había abandonado por no ser capaz de traer el sustento cotidiano para mantener a sus tres hijos. Que sus niños ya no querían verlo. Habló de su negocio compartido con su hermano mayor quien lo había estafado. Y deshojó una a una todas sus penurias ante el Maestro, quien lo contemplaba paciente e imperturbable.
Lo oyó un buen rato sin decir una palabra.
El hombre terminó de hablar y el Maestro permaneció en silencio y bajó la vista.
-Bueno, soy el hombre más desdichado del mundo y usted ¿no me va a decir nada?
Por favor, insistió, - ¡Ayúdeme! Deseo cambiar mi vida, agregó desesperado.
El Maestro continuó en silencio, esta vez contemplando algo más allá sobre la cabeza del hombre. A lo lejos se oía el tintineo de unas campanas y el sonido del agua  de la fuente cayendo en cascada sobre un pequeño montículo rocoso, en la entrada del Templo.
El hombre ya se estaba impacientando.
- Muy bien, dijo por fin el Maestro, y agregó - Ven todos los días, a las cinco de la mañana y te enseñaré algo.
El hombre volvió al otro día a la hora que le había dicho el Maestro, quien lo invitó a quedarse en silencio un buen rato, sentado junto a él, frente al altar. El hombre quiso hablarle pero el Maestro le dijo que debía permanecer en silencio. Al despuntar el mediodía se despidieron hasta el otro día.
Así transcurrieron unas cuantas semanas, hasta que un buen día el hombre le preguntó al Maestro para qué lo hacía ir todos los días a permanecer en silencio. Que eso, no lo había ayudado en nada. Que su vida seguía siendo tan mísera como antes, y encima de todo, que no podía contarle sus problemas para que él lo ayude...
- Eres libre. Puedes irte, y no volver.
- Pero usted dijo que me ayudaría y yo le creí.
El maestro permaneció impasible durante largos minutos, mirando hacia los ojos del inmenso Buda que se erigía en el altar, rodeado de velas e inciensos recién encendidos.
- El hombre, ya muy molesto alzó la voz: - ¡Usted es un embustero! Me ha mentido, no me ha ayudado en nada.
Con inmensa compasión y una media sonrisa en los labios le respondió:
- Tú me pediste una solución a tus problemas, y te invité a disfrutar de la contemplación y el silencio. ¿Qué mayores tesoros podía ofrecerte? Luego agregó: Tú sólo me has insistido día a día, que te escuchara… Entonces comprendí que no deseabas una solución a tus problemas. Sólo deseabas que alguien te escuche...
- La ayuda que buscas, está en ti no en mí.
- Ve y háblale a la roca, cuéntale lo mísero que eres. Llora y descarga tu furia y tu tristeza con el viento, golpea la tierra y derrama tus lágrimas en el polvo.
-Cuando estés agobiado de tanto llorar, y cansado de sentirte el más mísero de todos los hombres, entonces ahí regresa. Sólo cuando sientas desde las entrañas de tu corazón que ya no quieres vivir más así, como un despojo de hombre. Sólo entonces regresa…
-Recién ahí podré guiarte para que puedas encontrar en el fondo de tu ser la luz que tanto anhelas.

Adriana Alfonso 


sábado, 18 de abril de 2015

Microcuento - Los resucitados



Resucitaban cada noche. Aunque  al amanecer los sorprendiera un estado parecido a la  muerte, ellos podían volver.
Los encontraban abrazados a la estatua de Gardel.
Ya entrada la mañana, con el ruido de la ciudad, parecían despabilarse.
Prolijos, acicalados tomaban el subte para llegar a horario, a sus trabajos. Ellos, de traje azul. Ellas, de chaleco gris y tacones. Un andar robótico los llevaba a su destino.
Tras la frialdad de los ventanales de oficina, permanecían inmóviles, petrificados. La luz del sol atardeciendo sembraba un brillo en sus ojos.
Se acercaba la hora. Cayendo la noche, los compases de un tango lejano los iba despertando.
Se iban cortando. Se iban quebrando.
La melodía, cadenciosa, les acariciaba la piel hasta embriagarse.
Vívidos y apasionados, entre encajes y chambergos, revivían con la ilusión de la noche.
Huían como sombras por el callejón.
El Caminito que los conducía directo hacia los patios de la milonga.



Microcuento - ¿Querés ser mi novia?

El universo paralizó su máquina del tiempo cuando en la playa, posé mis labios en los tuyos. Temblé como un niño, aunque ya tenía 13. Seguramente,  un rubor tibio habría subido por mis pómulos. El nácar de tus mejillas, en cambio, olía a rosas, y casi nada podía acercarse más a la felicidad que ese instante. ¿Querés ser mi novia? alcancé a susurrar tímidamente y te tomé de la mano. Me miraste y esbozaste una sonrisa tenue, y en la profundidad verde de tus ojos se iba anclando mi alma. Como una bendición comenzaron a caer las gotas. Con mi saco te cubrí de la llovizna, y abrazados nos alejamos por las dunas doradas.
Suelo escribir tu nombre en la arena, cuando por las tardes contemplando el crepúsculo y las olas romper, dejo volar mi imaginación recreando ese momento perfecto cuando te pregunte:  ¿Querés ser mi novia?